• José Alberto Vatalaro en Argentina Mundo / España - Su libro A suerte y verdad

    Años atrás un buen amigo que luego se nos piantó, Alberto Bono, nos presentó. Para entonces José Alberto Vatalaro, a quien llaman Buqui por Rosario, donde nació y vive, había ganado con el relato "Un atardecer en Castilla" el primer premio Asociación Literaria "Nosotras" del Club Español de Rosario.  En nuestro portal Argentina Tango nos ha recordado al Barrio Pichincha rosarino de una Argentina que fue.

    Ha pasado el tiempo y nuestro amigo Buqui Vatalaro acaba de presentar su libro de cuentos y relatos  A suerte y verdad. En su prólogo nos dice… “no me siento un actor social por el hecho de escribir un libro de cuentos, mas reconozco que sería muy triste que mi literatura se aleje de la temática social, se vuelva sobre sí misma y deje de madurar un día. Haré el esfuerzo, lo prometo, porque se interese en el lenguaje y sus alcances, en la defensa de la inserción de la palabra justa en cada oración, en la rigurosidad de la técnica y porque de un modo u otro refuerce la posibilidad de lograr buenos argumentos”.

    Este libro incluye el relato mencionado Un atardecer en Castilla, y aquel otro  donde nos muestra a Alberto Bono en su El Flaco de la Mancha. Hemos seleccionado el comienzo y el final de  “El patio de la casa de la abuela”, con recuerdos enhebrados que merecen ser leídos de punta a punta…

    José Alberto Vatalaro, Buqui, escritor y porta rosarino, autor del libro "A suerte y verdad"“Basta con trasponer la puerta amarilla de metal y ya lo veo. Es el patio de la casa de la abuela, mi lugar en el mundo, el laberinto donde habita Fedor, ese amigo duende y cordobés nacido en los bosques de Calamuchita. El patio tiene una mitad de baldosas rejuntadas que dan risa (no hay dos baldosas iguales), y que al mojarse van creando colores nuevos; la otra mitad es de tierra con labor. Una parte de este reino se adormila bajo la vieja parra de uvas chinches agrias y feas, incomibles, que a veces se llena tanto de moscas que hacen renegar a la abuela. Yo la veo a la pobre andar de aquí para allá con el delantal arremangado, paletita en mano, tratando inútilmente de aplastarlas de un golpe y apenas si consigue, y no estoy seguro, darles un susto. La abuela no quiere moscas cerca.

    Este patio tiene historia pero no tiene edad, es decir, puede tener más de mil años. Es un patio que perdura, que se eterniza a este lado del paredón que lo une al de doña Flavia, la señora que vive a la vuelta de una esquina del barrio de Echesortu y que, a veces, Fedor y yo visitamos para robar quinotos y asustar a las gallinas. La esquina es una esquina cualquiera pero bien podría ser la que yo recuerdo ahora: Rioja y Alsina. Los colores que hay en el patio no son muchos y son desapasionados. Digamos ocres y verdes. No tiene rojos ni azules, por ejemplo, ni demasiado amarillos. Salvo en el cantero. Allí sí los colores dan de frente a mis ojos como caricias espontáneas llevando a la punta de mi nariz el rico perfume de sus flores que se mezcla con el buen olor de los higos.

    A la izquierda el escritor rosarino José Alberto Vatalaro, Buqui, con Alberto Bono (el cuarto por la izquierda) y el elenco al completo del espectáculo María de Buenos AiresA un costado del patio el cantero tiende a esconderse detrás de una paresita y toda vez que lo descubro es una marea de pétalos la que asoma bajo el sol del verano a llenarme el alma de crecido arco iris: pensamientos, dalias, gladiolos y azaleas. No es mi única ocupación mirar las flores del cantero, también trepo a la higuera que el abuelo trajera de Calabria como su único tesoro, envuelta en diarios y escondida en la letrina de un vapor de cargas para que siguiera creciendo aquí, en esta tierra bendita. La misma que da higos gordos y jugosos. Justo al frente del cantero hay una escalera de cemento que vuela a la terraza donde a cada tanto voy a tocar el cielo con las manos. Fedor, no sé por qué, nunca me acompaña, dice que él es habitante sólo de bosques y de patios, yo no le creo, para mí que le tiene miedo a las alturas.

    Me gusta mucho la huerta. A veces con la azada ayudo al abuelo en su impulso calabrés de estar siempre escarbando la tierra. A la abuela la ayudo de otro modo: enhebro agujas, doblo camisas, riego las plantas. Es con rigor de inmigrante que el abuelo hace todo lo que puede y siembra todo lo que crece. Aryentina meravigliosa, repite. Dejadas atrás sus penurias, no quiere nunca más sentir ruiditos en la panza.

    El escritor rosarino José Alberto Vatalaro en la ciudad de Argentina, durante una de sus conferenciasAbro los ojos y regreso al sillón de mi cuarto. Inspiro largo y exhalo lento. Cierto es que los abuelos se fueron hace mucho y yo haré lo propio quizás en poco tiempo. Uno se me fue en otoño, la otra en primavera. Pobres mis viejitos, antes de partir dejaron sus flores, la higuera, el limonero y esa pasión que nació con ellos a fines del novecientos en una aldea escarpada, lejana y sola del sur de Italia. Y el galponcito que ya no está, y el yunque, y la caja de herramientas. Rápidamente todo cambió y el patio se quedó sin abuelos. ¿Qué habrá sido de Fedor —me pregunto— habrá vuelto a Calamuchita o se mudó a otro patio llevándose su gomera?, no lo sé. No hay rincón que yo no extrañe del patio de la casa de la abuela. Qué no daría por volver a errarle un gomerazo a la Maruja, mirar fideos sobre camitas de harina, escuchar martillazos y sentir ese rico aroma a tuco casero tendiente a ser prontamente olvidado (a mi edad sólo queda la memoria, que es dudosa). Mientras pienso tomo mate para pasarla mejor. ¡Pucha, se me ha enfriado el agua! Melancolía es lo que siento en el momento que miro llover detrás del ventanal. Un picaflor hiende la lluvia, ¿cómo es posible?, liba las flores de octubre del balcón de mi casa sin patio. Y dos hermosas y amorosas mariposas bailotean una tarantela. Las miro lerdo, quedamente, son como dos almitas pintadas de a ratos en el aire. Las nombré Toto y Tota. No supe, hasta hoy, que las mariposas salían a bailotear tarantelas bajo la lluvia”.

    Y siguen las páginas escritas por José “Buqui” Vatalaro con sus aguafuertes rosarinos y del mundo. Nosotros lo dejamos al amigo que, allá, a la distancia, está celebrando el nuevo libro y la nietecita que ha llegado con ramalazos de tango,  Malena, que es posible lo cante como ninguna, segun anticipa el abuelo.

    Eduardo Aldiser

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    Lista de comentarios

    María del Carmern18/03/2015 21:44:16

    He conocido esa casa y puedo decirles que este cuento refleja una muy buena descripción de la misma con sus olores, colores y la presencia de esos abuelos, personas nobles, trabajadoras y queridas.
    Un abrazo
    Tu prima

    cristina17/09/2013 20:59:58

    He tenido la suerte de compartir la vida junto a Buqui desde el 1er. día de la escuela secundaria. En el despegue del largo camino recorrido, ambos guardamos invorrables recuerdos de los cinco años en nuestra querida Dante Alighieri, años maravillosos, repletos de travesuras, de complicidad y alta felicidad. Luego, con gran rapidez llegaron las vivencias más fuertes en la vida de ambos,casamientos, nacimientos, partidas,etc,etc.Pero Buqui tiene algo único, Buqui es un amigo profundo del corazón, un molde particular, que sigue desprendiendo con el paso de los años emociones irremplazables en quienes lo queremos de verdad. Leer sus cuentos es un placer,y al hacerlo recibimos su más preciada caricia, repleta de sentimiento, de sencillez y de alto amor por su gente y por la vida. Toda mi admiración para vos queridísmo amigo del alma. Cristina (la turca)

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